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VERTIGO Mi vida desde que le conocí ha cambiado
mucho y aún no puedo entender como ha sucedido, y como me he convertido en
una mujer infiel. - ¿Vives cerca? – Me preguntó cuando ya tuvimos todo recogido. - Sí, justo en ese portal – le indiqué. - Entonces te ayudo a subirlas. - No hace falta – traté de excusarme – puedo yo sola. - No, es mejor que te ayude o volverás a tropezar y no estaría bien que una mujer tan preciosa como tú se hiciera daño. - No, de verdad, no hace falta. Total estoy a dos pasos. - Aunque sea sólo hasta el ascensor – insistió él. - Esta bien – acepté finalmente dirigiéndome hacía mi portal. Al intentar ayudarla a recoger las bolsas su mano rozó ligeramente la mía y noté en el brillo de sus ojos ese algo especial, que denotaba que era una hembra sedienta, el brillo de unos ojos de deseo. Cuanto tiempo me había costado dar con esta mujer, lo cierto es que me gusta tomarme mi tiempo escogiendo a una chica hermosa. Para mí es todo un reto conquistarlas, pero con dos condicionantes primordiales: Que sea preciosa, como es ella y que esté casada, eso le añade una dificultad más, vamos, todo un handicap. Desde ese día en que la vi en el gimnasio, sabía que esa mujer iba a ser mía, me iba a costar más o menos, pero lo sabía. Puede sonar pedante, pero es una cuestión de orgullo y placer personal, no lo puedo remediar y hasta que no lo consigo no paro. Accedí a su ficha en el club. Me costó unos cuantos euros la información. Pero por fin la tenía ahí, delante, sola, para mí. Se mostró reacia a que un desconocido
como yo le ayudara, aunque fuera tan solo hasta el ascensor, incluso me
enseñó su anillo de casada varias veces, a modo de mensaje: "terreno minado,
peligro". Pero esa mujer tenía todas las papeletas para dejarse llevar, para
caer en el juego que ella misma estaba buscando. Estaba todo reflejado en
unos ojos que decían que no era poseedora de todo lo que quería, que hacía
mucho que no tenía una noche loca de las de verdad. - Perdona, no sé tu nombre. - Eh... Carmen, me llamo Carmen. Mentía, ya que tenía toda la información, pero me hice el desentendido. - Ah precioso nombre. Nos vemos, Carmen.
- ¿Y tú como te llamas? – Le pregunté. Jorge. - Me sorprendió su seguridad al decir que
nos veríamos otra vez, para mí era un completo desconocido al que no había
visto nunca antes. No sé por qué aquel gesto tan caballeroso de besar mi
mano me gustó y mucho. Sobretodo porque hacía bastante tiempo que ningún
hombre, ni siquiera mi marido, era así de caballeroso conmigo. - Hola, ¿cómo va todo? - Bien. No sabía que vinieras a este gimnasio. - Sí, por eso te dije que nos veríamos. Quise que no se asustara, que no pensara que era un sádico o algo parecido, pero creo que en el fondo lo soy, al menos algo sátiro. - No, no te asustes. Ha sido casualidad. Creo que estamos destinados a encontrarnos. Se quedó pensativa. - Verás, te voy a ser sincero. Me fijé en ti hace bastante tiempo. - ¿Como? ¿Hace tiempo? - Sí, unos meses. Y sentí algo raro, no sé, necesitaba tenerte cerca y la suerte o el azar quiso que el otro día me encontrara contigo en tu portal. Me sentí dichoso. Volvió a quedarse pensativa ante mi nueva medio mentira. Me sentí halagada al saber que le interesaba, pero también algo frustrada. Por mucho que gustara a los hombres, era una mujer casada y lo último que haría en la vida sería ponerle los cuernos a mi marido, por muy guapo y atractivo que fuera el pretendiente. - Pues siento decepcionarte, pero estoy casada y quiero mucho a mi marido - le dije para dejar las cosas claras. - Bueno, tampoco creo que hagamos nada malo si charlamos y tomamos algo ¿no? - Me propuso sonriéndome. Y no sé si fue su sonrisa o esa picardía que tenía en los ojos, pero no pude decirle que no, a fin de cuentas, tomar algo y charlar no me comprometía a nada más y no había nada malo en eso y en que tuviera un amigo. Mi marido tenía muchas amigas y eso no significaba que me fuera infiel ¿no?. Además, si él intentaba algo más, con ponerle un límite, era suficiente, pensé. - Está bien, tienes razón. - Entonces ¿puedo invitarte a un café? - Sí - acepté. Un café no se me podía negar, a pesar
de repetirme en varias ocasiones que estaba casada. El caso es que cuanto
más lo decía, más me apetecía conquistar ese terreno prohibido, vetado,
cerrado. A veces las mujeres parece que con esa coletilla de estar casadas,
están invitándole a uno a que ataque. La verdad es que la tía estaba imponente, tenía un culo precioso y unos ojos que te dejaban patidifuso. Las caderas bien marcadas, la cintura estrecha, unos muslos apretados, unas tetas ni grandes ni pequeñas, sino de ese tamaño justo, un cuello que pedía ser mordido sin parar, un pelo travieso, una naricita respingona. ¿Cómo la chupará? Pensé. Desde luego tenía unos labios que parecían carnosos y una lengua que al verla tomar el café parecía como una serpiente, mmmm, no podía dejar de imaginármela. Tenía que hacer virguerías con esa boca. - ¿Qué pasa? - Me preguntó de pronto, ante mi descarada y minuciosa observación. - No, nada, me preguntaba dónde andaba yo hace un tiempo para haberte conocido, es una pena que no estés libre. Si no fuera así, te haría la mujer más feliz del mundo. Su forma de mirarme me incomodaba y también su actitud conmigo, siempre parecía tener alguna excusa para rozarme la mano o el brazo... No podía negar que me atraía, pero... De repente ante su intensa mirada no pude
evitar imaginarme desnuda ante él, excitada y ansiosa por... Pero no, aunque
él me hiciera sentir así, era una mujer casada y no podía pensar esas cosas.
- Bueno, gracias a Dios, soy bastante feliz en mi matrimonio y no puedo quejarme. - ¿Seguro? No sé, ¿cuánto tiempo llevas casada? - Diez años. - ¿Y tienes hijos? - No. Es que mi marido no quiere tenerlos dice que los niños son un estorbo. De nuevo su mano rozó la mía y un escalofrío recorrió mi espalda. No sé como lo conseguía, pero sus gestos, sus miradas, todo en él me hacían sentir tan excitada. Jamás había sentido nada igual con ningún otro hombre y eso me ponía nerviosa. Por eso miré el reloj y le dije: - Bueno, la conversación es muy amena, pero debo irme, tengo muchas cosas que hacer. - Vaya, ¿Te tienes que ir tan pronto? - Sí, tengo algo de prisa – añadió con poco convencimiento. - ¿Y me vas a dejar aquí solo? - Sí, perdona pero es que estoy liada y.... otro día nos vemos. - Vale. Te tomo la palabra. - Bueno, nos veremos por aquí en el gimnasio. Se la veía incómoda, asi que tuve que improvisar algo para que no se me escapara tan pronto. Esa mujer me gustaba demasiado. - ¿Te has hecho algún masaje aquí en el gimnasio? - ¿Cómo? Sus ojos, preciosos, eran de total sorpresa. - No, no te propongo nada que pueda interferir en tu matrimonio, tranquila. Es que tengo que terminar cuatro sesiones de masajes antes de que acabe el mes y no me va a dar tiempo a gastarlas. - Bueno yo... - Mira te las traigo mañana y te vienes con tu marido ¿Te hace? - Vale, perdona, pero tengo que irme. Se la veía apurada por toda la situación, pero parecía que mi plan estaba funcionando bien, muy bien. Me agarré a su cintura y le di un beso en la mejilla muy cerca de la comisura de sus labios. Aquella mujer estaba ardiendo. El beso me había puesto aún más nerviosa y
ni siquiera sabía porque había aceptado esas sesiones de masaje. Estaba
claro que el tío quería algo más, estaba segura, y algo en mi cabeza me
decía que no debía volver al día siguiente, ni sola ni con Paco, pero... Sentía que estaba excitada, no había más
que ver el calor que despedía su piel, con ese aroma que me había impregnado
con su beso. - Mira este es Paco. - Hola Paco, encantado de conocerte. Tienes una mujer muy simpática. - Gracias. También quiero agradecerte los bonos para el masaje, nos vendrá muy bien. - No es nada, yo no los iba a gastar todos. El marido no parecía inmutarse y encontró
normal que un desconocido le entregase unos bonos a su esposa sin saber que
el único objetivo iba a ser comérsela a sus espaldas. No sé porque estaba tan nerviosa y
excitada. Sólo con sentir sus ojos sobre mí un extraño calor invadía todo mi
cuerpo. ¿Me acompañas? - le preguntó a Jorge. - Claro. Acompañé a Paco para no levantar ningún tipo de sospechas, pero mi plan estaba funcionando a la perfección. Esa mujer estaba nerviosa y excitada, eso estaba claro. No pude evitar imaginármela en la piscina, con un bañador bien ceñido, lo que me puso más caliente todavía. Lo que aun no sabía era como despistar al marido para continuar con los ataques. En principio estuve charlando con él amigablemente y descubrí que teníamos gustos en común, además de su esposa. En aquel momento pensé que Paco sería fácil de engatusar, estos tipos son bastante descuidados en los detalles y posiblemente tendría unos cuernos en breve. Saber que no le iba a tener cerca me
tranquilizaba, aunque me había decepcionado un poco saber que prefería subir
al gimnasio. La cosa no podía salir más redonda cuando le dije a Paco que tenía que gastar los bonos de masaje. - Es verdad, esperaré a que venga mi esposa para ir juntos. - Bueno, me gustaría comentarte algo al respecto. Parecía sorprendido. - Dime, ¿De qué se trata? - ¿Te gustan las mujeres asiáticas? - ¿Qué si me gustan? Claro. - Pues precisamente son las que mejor dan los masajes y la que me los da es una virtuosa con las manos, además de preciosa. - ¿En serio? - Claro, por eso quería advertirte, no quisiera perjudicarte o que te sintieras incómodo delante de tu mujer. Mejor que vayas tú solo al masaje y luego vaya ella. ¿No te parece? - Tienes toda la razón Jorge. Eres un amigo, gracias por esa información. Aprovecharé ahora y así ella no se enterará. Estoy deseando darme un masaje. - Te creo. No podía creer que todo me estuviera
saliendo con tanta facilidad. Paco cayó en la trampa y ahora era el turno de
su mujer, pero ella ya estaba en el bote, lo presentía. Al entrar en la
sauna me encontré con ella y no pareció sorprenderse tanto, era como si lo
estuviera esperando. Su cuerpo estaba tapado únicamente con una toalla.
Estaba preciosa, con el cuerpo sudado y brillante. El roce de su mano en mi rodilla me excitó, pero reflexivamente la aparté. Volvió a ponerla y se pegó a mí, cogiéndome por la cintura y acercándome a él. Me besó en los labios y yo intenté apartarlo, pero él se resistió y finalmente dejé que su lengua entrara en mi boca. Saber que alguien me estaba besando mientras mi marido estaba cerca de nosotros me excitaba y me incomodaba a la vez. Su mano se adentró por debajo de la toalla y sus labios se separaron de los míos. - No, por favor. Paco... – musité. - Olvídate de él – me dijo Jorge que estaba completamente desnudo, tapado solo con una minúscula toalla y con una erección tremenda debajo de ésta. Cogió mi mano con su mano libre y la posó sobre su miembro erecto. - No, no- volví a musitar apartando la mano. - Tranquila – me dijo – tu marido no tiene porque saber nada. Sus dedos habían alcanzado ya mi sexo y me
estremecí al sentir su suave caricia. - Jorge, por favor. Las súplicas no parecían muy convincentes, es más, se agarraba a mi brazo mientras mi dedo jugueteaba con su sexo. Los pliegues de su vagina ardían y me contagiaban ese calor por todo el cuerpo. Besé su cuello y eso hizo que ella cerrara los ojos, que se sintiera en el mayor de los placeres. Lanzó un suspiro prolongado, se notaba que estaba caliente por la situación y por el morbo. Esta vez mi lengua se perdió en el hueco que dejaban sus omoplatos, en esa pequeña laguna tan suave. Mi otra mano se adentraba por la toalla para acariciar suavemente su pecho. El calor reinante, la situación y el sentimiento de culpa debieron hacer mella en aquella mujer que me apartó las manos de su cuerpo. Solo dijo tres palabras: - Tengo que irme Su sexo húmedo había dejado impregnados
mis dedos con el más dulce néctar, que no tuve más remedio que degustar.
Salí detrás de ella, pero no la encontré. Es posible que me precipitara,
pero se la veía tan entregada. Maldije a mi marido por haber invitado a
Jorge a cenar. Tras el incidente en la sauna, hubiera preferido mantenerme
alejada de él. Sobre todo porque me ponía demasiado nerviosa y, además,
sabía que acabaría cayendo en la tentación. Me encanta jugar a esos juegos peligrosos,
sobre todo sabiendo que Paco, totalmente confiado nos podía descubrir. Le
estaba tocando el culo y ella no decía nada, aunque claro en una situación
así, no podía hablar, se vería comprometida o quizás realmente le gustase.
Mientras mi mano hacía aquellas travesuras no podía dejar de pensar en como
follarían esos dos, seguramente no salían de dos posturas a lo sumo. Y esa
mujer, con ese cuerpo y esa sensualidad, tenía que ser toda una bomba,
aunque mal aprovechada. Mi miembro pedía guerra y se ponía en "presenten
armas". Mientras me cambiaba observé mi cuerpo,
pensando si de verdad aún podía atraer a los hombres. Estaba en ropa
interior y mientras buscaba en el cajón una camiseta cómoda para ponerme oí
un ruido tras de mí, aunque no le presté demasiada atención, hasta que sentí
una mano sobre mi cadera y un cuerpo que se pegaba al mío. No podía haber más morbo en la
habitación de matrimonio, donde yo estaba con la fiel esposa, acariciándola
sin parar, rozando cada centímetro de su cuerpo, besando su cuello,
acariciando su espalda. La voz de Paco se oía cerca y eso nos proporcionaba
un morbo añadido, del que era difícil escapar. Mis manos acariciaban esas
caderas que tanto me excitaban, hasta que mi mano llegó a su sexo. Comencé a
acariciar esa rajita preciosa, estaba tan caliente y mojada como en la
sauna. Ella al principio se resistía, quería escapar de ese cepo que la
tenía atrapada, pero sus esfuerzos por querer escapar eran cada vez menores.
Su respiración iba en aumento y entrecortada, mis manos subían por su
cintura hasta su pecho y pellizcaba los pezones. Seguíamos escuchando a Paco
muy cerca. Nuestros cuerpos seguían pegados, jugando. Su mano alcanzó mi
miembro y lo palpó a través del pantalón. De pronto, le llegó un orgasmo
tremendo, su cuerpo se transformaba, se la veía agitada y a la vez muy
complacida. Yo creo que hacía tiempo que no se corría con su marido. No me lo podía creer, acababa de tener un
orgasmo maravilloso, como hacía tiempo que no tenía. Cuando todo mi cuerpo
se calmó, me miré al espejo, mis mejillas estaban sonrosadas. Y entonces fue
como si recobrara la cordura, tras haber cometido una locura. Después de esa locura el nivel de
excitación llegó al máximo. Además de una sensación placentera, el morbo era
increíble. Saber que Paco estaba tras la puerta me puso muy nerviosa, pero a la vez me excitaba el peligro de saber que podía ser descubierta. Oímos como Paco se alejaba. Y entonces me dí cuenta del poco caso que me hacía mi marido, que ni siquiera se había dado cuenta de que ya no estaba en la habitación. No sé por qué pero besé a Jorge, quizás porque sentirme deseada de aquella manera me había gustado; saber que aún podía gustar a los hombres, me hizo sentir diferente. Al sentir su cuerpo pegado al mío noté la enorme erección que tenía y deseé acariciarle, pero entonces oí la voz de Paco llamándome desde el comedor diciendo que la tortilla se iba a quemar. Ella salió pitando de aquel baño, pero
no sin antes llevar todas mis caricias y besos. Volví a cambiarme de ropa, más que nada
por el temor a que mi marido oliera el aroma de otro hombre en ella, y a
pesar de ponerme un elegante vestido largo, Paco ni se fijó. Si en cambio
pareció hacerlo Jorge que me dijo que estaba muy guapa. Al oír ese halago me
puse roja como un tomate. Durante la cena, Jorge adentró su mano bajo mi
falda varias veces e incluso una de ellas alcanzó el límite de mis braguitas
y la introdujo en mis pliegues vaginales. Yo trataba de mantener la
compostura para que Paco no notara nada, pero Jorge cada vez me lo ponía más
difícil. Me presenté en la cocina cuando ella no
se lo esperaba. Estaba guardando los platos en un altillo. Me agarré a sus
senos como quien quiere atrapar a una presa que se escapa, pero sabía que no
se me iba a escapar. ¡Que buena estaba con ese vestido, como marcaba sus
curvas, como mostraba ese canalillo! Su culo quedó pegado a mi paquete y se
lo restregué lascivamente. - Soy una mujer casada y Paco... Pero mis acciones iban al contrario de mis
deseos y no pude evitar acariciar aquel sexo altivo que parecía pedirme que
cayera en la tentación. Mi mano viajaba furiosa sobre aquel
miembro erecto, besé su cuello mientras una de sus manos acariciaba mi
pierna y buscaba mi clítoris. Estaba empapada y sólo deseaba más, deseaba
que me hiciera suya por eso le dije: Mi respiración se tornó jadeante y por unos segundos dudé de lo que debía hacer, hacía demasiado tiempo que no me sentía tan febril, tan excitada. Estábamos muy calientes, demasiado para
controlar otras emociones. Aprovechando que Paco dormía, mis manos recorrían
la anatomía de aquella mujer con total descaro, mientras ella seguía
masturbándome de forma cadenciosa y divina. Sentí su pene a la entrada de mi vulva y
aquello me enloqueció, quería sentirle dentro, quería que me hiciera
enloquecer sintiendo la cadencia de sus arremetidas, el roce de nuestros
sexos pegados, pero él se limitaba a acariciar mi cuerpo y lamer mi cuello,
mientras su glande permanecía quieto en la entrada de mi sexo. - Penétrame Jorge, por Dios. Mi boca lamía aquel tronco con vehemencia,
no podía parar, estaba a mil y necesitaba hacerlo, llevaba demasiado tiempo
sin probar una verga como aquella. Jorge enredó sus manos en mi pelo para
acompañar mis movimientos. Lamí y saboreé cada centímetro de aquel manjar
que me sabía a miel, mientras sentía mi sexo tan húmedo que parecía que mis
jugos resbalaran por mis piernas. No pude evitar acariciarme suavemente.
Chupé el glande, luego en un gesto obsceno me saqué de la boca para lamer el
tronco, llegando hasta los huevos y lamiéndolos como si fueran caramelos,
volví a lamer el tronco y a introducirme el glande en la boca mirando a
Jorge directamente a los ojos. Jorge tiró de mi pelo, me puse en pie y
volvió a sentarme sobre el frío mármol de la encimera. Llegaba el momento definitivo, toda la
carne en el asador y de una vez por todas ella iba a ser mía, sin maridos,
sin prejuicios y sin miedos. Sentirle dentro de mí por fin, fue
sublime. Le apreté con mis piernas contra mí, mientras me sujetaba de sus
hombros. En aquel momento ya no existía nadie más para mí, mi marido había
desaparecido de mi memoria y en aquella cocina sólo estabamos él y yo. Esa mujer era increíble, no imaginaba que por dentro guardara tanta pasión desmedida, hasta el punto de hacerme verlo todo de otro color, cayendo en la cuenta que para ella, ese momento era el más intenso vivido hasta entonces. He estado con miles de mujeres, todas
ardientes de deseo, pero esa mujer, además, sabía como trasladar esa pasión,
para convertirla en nuestro polvo, ese al que estábamos entregados con todo
el frenesí. Me sentía tan caliente y tan... como hacía
mucho que no me sentía. Sentir aquel sexo masculino dentro de mí, entrando y
saliendo me llevaba al más erótico de mis deseos y mis sueños. Jorge aceleró
sus movimientos y en pocos segundos empecé a sentir el cosquilleo que
precede al orgasmo, aunque no quería correrme tan pronto, o si más no, tenía
la esperanza de que aquello no fuera sólo un polvo de unos minutos, que
después de aquello hubiera más. Paré repentinamente. Dejé de darle
acometidas frenéticas a esa mujer jadeante y sudorosa. Algo me hacía ahora
ser el culpable de haberla llevado a un lugar sin retorno. No sé exactamente
lo que me estaba pasando, pero no era como otras veces, esa mujer estaba
consiguiendo deshacerme. El cosquilleo había cesado después de que
él se detuviera, pero mis ruegos le hicieron seguir. Cerré los ojos y me
dejé llevar por las sensaciones. Jorge volvió a arremeter suavemente,
mientras sus labios besaban los míos y sus manos masajeaban suavemente mis
senos. El orgasmo estaba cerca, se notaba, se
palpaba, pues ella gemía con más fuerza cada vez, ponía los ojos en blanco y
se entregaba de lleno para captar todas las sensaciones que le llegaban. Mi
pene en su sexo que bailaba a nuestro compás, mis manos que abarcaban sus
pechos y pellizcaban sus pezones, mi lengua que recorría su boca, hasta el
lugar más recóndito. Y de pronto llegó, alcanzó ese momento tan esperado,
convulsionándose frenéticamente y al mismo tiempo eso me proporcionaba un
placer inmenso a mí. A través de mi pene notaba sus convulsiones, sus
palpitaciones y todo el placer que emergía de ese hermoso cuerpo que pasaba
inmediatamente al mío. Empujé con fuerza hacía él, sintiendo como
mi vagina se contraía alrededor de su pene y como este se hinchaba dentro de
mí. Necesitaba sentir que se vaciaba en mí, así que seguí chupeteando su
cuello, pegando mi cuerpo al suyo, empujando y arañando su espalda hasta que
noté que se convulsionaba y me llenaba con su esperma. Me sentí feliz al
sentir como se derramaba en mí, ya que hacía mucho tiempo que no
experimentaba esa sensación. Era la primera vez que me ocurría una cosa
semejante. Tenía ante mí, una de las hembras más apetecibles del planeta,
estaba totalmente entregada a mí, podría ser su dueño y ella mi más fiel
sumisa; sin embargo, algo me tenía torturado, esta vez no quería ser el vil
engañador rompe corazones, no deseaba acabar con el corazón quebrado de esa
mujer que estaba entrando en el mío, como nunca antes había ocurrido. No me dijo nada, se limitó a vestirse y
salir de mi casa sin darme siquiera la más mínima esperanza de saber si
volvería a verlo. Al verla llegar al gimnasio me alegré, pero me quedé sorprendido cuando vi a Paco tras ella. Le hice un gesto, pero ella se limitó a sonreír. Nos saludamos amigablemente, les di las gracias por la cena, él se disculpó por haberse dormido y yo pensaba "si tu supieras lo que ocurrió mientras dormías". Ella estaba exultante, muy distinta, alegre y parecía que dispuesta a todo, porque cuando su marido estaba en recepción ella se arrimó a mí y me dijo: - Estoy cachonda. - Pero ¿Paco? - Quiero hacerlo otra vez, estando cerca, quiero me enseñes cosas nuevas. Pareció sorprenderse cuando vió a Paco. Pero había insistido en acompañarme para pedirle disculpas por haberse quedado dormido. Mientras Paco cambiaba los vales de masaje aproveché para arrimarme a él y decirle que lo de la noche anterior había sido una experiencia maravillosa. Esta vez no me molestó tanto que Jorge decidiera irse con Paco al gimnasio mientras yo iba a la piscina, porque había quedado con él en la sauna aprovechando que mi marido iría a hacerse los masajes. Estuve nadando un rato, imaginando y deseando los besos de Jorge sobre mi cuerpo. No podía dejar de sentir su sabor y recordar como nos habíamos amado la noche anterior. Al llegar a la sauna, tal y como habíamos quedado, nos abrazamos. Esta vez ya no había impedimentos, no había trabas, nada ni nadie se interponía en nuestro camino. Nuestras lenguas se unían en nuestras bocas atrapándose sin parar. Nuestros ojos reflejaban la lujuria. - Tengo una sorpresa. Sus ojos volvieron a abrirse, estaba totalmente entregada aun sabiendo que esperaba uno de mis perversos juegos. Estaba nerviosa, me preguntaba cual sería la sorpresa que me deparaba, y cuando le ví entrar en la sauna, sólo pensaba en besarle, abrazarle y sentirle entre mis piernas, como la noche anterior. Me besó suavemente, y yo estaba apunto de quitarme la toalla cuando él me dijo: - No espera, tenemos que ir a otro sitio. - ¿Qué? – Pregunté sorprendida. - Confía en mí – me dijo. Y yo sumisa me dejé llevar por mi amante.
La llevé de la mano hasta la zona de masajes y le dije que entrara sola a la camilla que estaba libre. - Cuando entres, te quitas la toalla y te tumbas boca abajo. Se quedó un poco sorprendida pero obedeció, sabiendo que era algo especial. Al entrar en el lugar había varias camillas, separadas por sendos biombos. Ella se tumbó en la que estaba libre y se mantuvo a la expectativa. Oía que al otro lado de la mampara alguien hablaba con la masajista y enseguida reconoció la voz de su marido. Por las cosas que decía y por su respiración debía estar recibiendo un buen masaje. De pronto ella notó unas manos sobre su espalda que comenzaron a darle un masaje muy suave, muy suave. Ni siquiera le importó estar desnuda boca abajo y que unas manos extrañas le acariciaran, pero esas manos eran tan dulces…. Se volvió instintivamente y cuando me vió se quedó perpleja y al mismo tiempo ilusionada, parecía estar esperándome. Me quité mi toalla y comencé a recorrer su espalda con mi lengua, hasta llegar a su culo, donde me esmeré metiendo mi lengua en cada rincón. Se dio la vuelta y comencé por delante, primero el interior de sus muslos y cuando llegué a su sexo comenzó a gemir de forma impulsiva. Su marido, al otro lado del biombo llegó a comentar a su masajista que al otro lado alguien lo estaba pasando muy bien, sin saber, por supuesto que era su esposa presa del placer a causa de mi lengua. Ni cuando lentamente la penetré sobre aquella camilla y ella gozaba y se dejaba llevar sin pudor, recibiendo todo el placer con auténtica devoción y jadeando con todo el morbo añadido de tener su marido al lado sin enterarse. No tardó en alcanzar el orgasmo, al igual que yo que me corrí en su interior, sin dejar de besarla.
Erotika y Rinaldo. |
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