| Mini Relato:
-Bueno hija, le dije, ahora andá detrás de
ese biombo, sacate toda la ropa, ponete la bata que está ahí y vení que te
voy a examinar.
La chica salió de atrás del biombo vistiendo sólo la bata de examen, que yo
mismo diseñé y patenté, con tres lazos por delante. Le indiqué la camilla y
se tendió allí, me preguntó si ponía las piernas en los estribos y le dije
que aún no. Desaté el lazo superior y comencé el examen de mamas. Ver y
palpar esas tetas fabulosas me ocasionó una tremenda erección, a pesar de mi
formación profesional que me hace ver a las mujeres apenas como un objeto de
estudio; las tetas eran redondas, bien conformadas, paradas y turgentes.
Durante esa parte del examen pude notar la erección de sus pezones, y creció
la mía. Continué desprendiendo el segundo lazo para palpar su abdomen, la
piel era suave y cálida, sin nada de vello hasta donde alcanzaban mis manos;
cuando hundí mis dedos a la altura de sus ovarios se quejó, allí era donde
solía dolerle; ya casi tenía mi diagnóstico hecho.
Desaté el tercer lazo y le pedí que ahora sí calzara sus piernas en los
estribos de la camilla, en posición ginecológica. Los muslos eran
exactamente lo que prometían sus vaqueros: dos columnas de mármol, pero
vivas y palpitantes, y en la unión de esas columnas una concha sin depilar
que se ofrecía a mi vista mostrando apenas sus labios mayores entreabiertos.
Cuando las pacientes son de mi confianza no utilizo guantes para los tactos
vaginales, me quitan sensibilidad en los dedos, además siempre cuido mucho
mis manos para que no haya en ellas ninguna herida por donde pueda colarse
alguna infección, incluido el célebre y temido HIV. Me aproximé al tesoro e
introduje mi dedo mayor con cuidado. Palpé colgajos de himen que denotaban
una imperfecta primera vez y poco contacto posterior, tal como ella me lo
había contado, pero también palpé unos jugos demasiado abundantes para un
examen médico. Eso me animó a seguir explorando, y hallé un clítoris
hinchado y colorido que masajeé con fruición. Flor se estremecía y hacía
ruiditos muy sugerentes.
-¿Te molesta algo? Pregunté.
-No Doctor, haga su examen como usted sabe, mi madre dice que Usted es el
mejor ginecólogo que la ha atendido.
Continué entonces con mis atenciones a ese clítoris que se me ofrecía tan
gentilmente, mientras notaba que Flor tenía la concha cada vez más mojada.
Mi diagnóstico ya estaba completo, el mal de Flor era una terrible
calentura, exacerbada por los intentos de coger con su novio que nunca
habían podido consumar en forma satisfactoria.
En mi interior pugnaban mis sentimientos contradictorios; la ética
profesional que me impedía aprovecharme de mis pacientes, el juramento de
Hipócrates que me imponía hacer lo mejor para el bien de quienes acudían a
mí. La decisión partió de mi calentura. Esa chica necesitaba un buen polvazo
para curarse de sus dolores de cabeza, de ovarios, de sus nervios y de todos
los males que la aquejaban. Me lo hacía saber gimiendo y retorciéndose ante
mi inocente examen.
Me incliné y puse mi lengua sobre su concha, mientras con las dos manos
libres me iba quitando el ambo, el slip y todo. Le mamaba la concha con
ahínco, deteniendo mi lengua sobre su clítoris hasta que sentí su primer
orgasmo, quizás el primero de su vida.
-Sergio, por favor, cogeme, te deseo, quiero sentir tu pija bien adentro,
quiero que me llenes de leche, haceme todo lo que quieras pero cogeme.
La camilla de un ginecólogo no es lo más cómodo para coger con una belleza
como la que se me ofrecía; así que la bajé y la puse en el piso, le acaricié
los muslos y las tetas, le abrí las piernas y le apoyé mi verga en la puerta
de su concha, tuvo otro orgasmo.
_ Quiero más, la quiero toda adentro. –Empujé con prudencia, y le fue
entrando toda mi verga, de buenas dimensiones. Tenía una concha apretada,
casi virgen; yo sentía que me la tomaba como un guante. Era una adolescente,
pero con un cuerpo de vedette, abundante por todos lados, carne en donde
debía haber carne, y estaba muy excitada, muy caliente, se movía a mi compás
como si fuera una experta cogedora, tenía un orgasmo tras otro, sin solución
de continuidad. No pude aguantar más de diez minutos sin soltarle mi leche
bien adentro, sentir la leche que le golpeaba en el fondo de su vagina la
hizo acabar tres veces seguidas, y al fin se relajó. Me quedé tendido a su
lado acariciándole los muslos y el culo, mientras la besaba en la boca,
lengua a lengua.
-Quiero más – me dijo de pronto.
Fui al baño a lavarme la verga que chorreaba los jugos de ambos, y al
regresar le acerqué mi pija a la boca, no necesité decirle nada, se la metió
en la boca y empezó a darme una excelente mamada (luego supe que era la
forma en la que tranquilizaba a su novio). Le avisé que me venía y redobló
su esfuerzo; se le llenó la boca con mi leche y se la tragó toda, me dejó la
poronga limpia a lengüetazos.
-¿Hay más? Me preguntó.
-Sí Flor, hay más si vos querés, quiero cogerte el culo, porque es un culo
divino.
-Dicen que por ahí duele.- me consultó.
-Si no te lo saben hacer puede que duela.- le contesté.
-Pero vos sos médico y sabés.-La llevé al baño, le hice una buena enema para
limpiarle el recto, y volví a ponerla en el piso del consultorio. Busqué el
frasco de gel, me unté los dedos y comencé a dilatarle el ano, ella se
dejaba hacer muy confiada. Algunos sabemos que la resistencia mayor en un
culo es el esfínter anal; un anillo de músculos muy fuertes que son los que
no permiten que nos caguemos por más ganas que tengamos si no tenemos el
sitio adecuado para hacerlo. Dedo a dedo y con la excitación correspondiente
ese anillo se dilata un tanto. Eso era lo que estaba haciendo con Flor, el
gel lubricante ayuda. Cuando juzgué que ya era suficiente la tendí boca
abajo, con un almohadón bajo su vientre para que el culito le quedara en
posición, y le puse la punta de mi verga en la entrada del ano. Se revolvió
un poco pero lo aceptó.
-Sergio, me va a doler.
-Es sólo al principio, después te va a gustar, relájate bien.-Empujé la
verga suavemente y fue entrando, Flor se quejó y me dijo que le dolía, la
calmé diciéndole que era sólo un momento. Cuando la cabeza de mi poronga
atravesó el anillito y entró en su culo dilatado ya no se quejó más.
Centímetro a centímetro se la puse entera. Yo aliviaba mi peso apoyando la
cabeza en el suelo, y me tendí entero sobre ella, con las manos libres le
acariciaba las tetas y le estimulaba el clítoris. La bombeaba suave. Flor
empezó a sentir que le gustaba, y con una maestría inesperada me apretaba la
verga con los músculos de su culo. Aunque ya había acabado dos veces antes
me costó contener mi eyaculación, era tanto el placer que me daba ese culo
virgen. Cuando empecé a sentir sus orgasmos ya no me pude contener y le
volqué toda mi leche en su culo.
Nos quedamos un rato con mi verga dentro de su culo que seguía contrayéndose
con movimientos espasmódicos y apretando y aflojando mi pija que seguía
erecta, hasta que me hizo eyacular otra vez.
Allí miramos la hora, ella ya debía estar de vuelta en su casa. Nos duchamos
en el baño del consultorio, y mientras la jabonaba me dieron ganas de
intentar otro polvo, pero sabía que mi verga ya no iba a responder.
-Flor, el próximo examen te lo hago en mi casa.
-¿Me vas a coger igual que hoy? -Mucho mejor.
-Sergio, no se qué hacer con mi novio,- -Esperá que aprenda y se busque un
lugar adecuado, después seguro que vas a coger muy bien con él.
-Ya no me duele la cabeza, ni los ovarios, ni estoy ansiosa.
-Mi Nena, te faltaban diez orgasmos, ese fue el tratamiento que te hice.-Le
receté unas pastillas, para dejar conforme a su madre; la llevé en mi auto
hasta su casa, nos despedimos con un hermoso beso de lengua, prometiéndonos
repetir la experiencia, el tratamiento.
Y estas son las cosas que a veces pasan en el consultorio de un ginecólogo.
Hay más.
Continuar... |