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EXHIBIÉNDOSE PARA SU HIJO Mario no dejó de mirar a su madre, sus pechos, su sexo, de arriba a abajo, Cristina se cubrió y se dio vuelta, mostrando sus desnudas nalgas para que su hijo tuviera una visión completa
A
los 38 años, Cristina empezó a preocuparse por su vida. Creía que ingresar a la
cuarta década era casi como empezar a envejecer. Casada y con un hijo
adolescente de 18 años, pensaba que no tenía mucho de que quejarse pero no era
una mujer feliz. Aquella mañana se despertó angustiada. Había pasado la noche
sin dormir luego de hacer el amor, como de costumbre con José, su esposo. Le
preocupaba sentir que "eso" se había convertido en una costumbre, en una rutina
en la que él disfrutaba a su manera y en la que cada día, mejor dicho cada
noche... cada viernes por la noche... sentía ella que ya no sentía nada. Tenía
que aceptarlo, que reconocer que no era feliz.
Como era sábado, no tenía que ir a trabajar, hubiera querido quedarse en la cama
hasta avanzada la mañana. Pero también se dio cuenta que no soportaba más tiempo
permanecer en el mismo lecho donde pocas horas antes había sido disfrutada, casi
apropiada en su intimidad por su marido. Se levantó sin hacer ruido ni mover la
cama y así desnuda, como había quedado, caminó lenta y pensativamente para
observar su hermoso cuerpo en el amplio espejo que tenía en pasillo entre su
habitación, el dormitorio de su hijo y el baño. Estaba tan ensimismada que no le
importó en ese momento si su hijo salía de su habitación y la encontraba en su
plena desnudez.
Apuró el recorrido visual por su cuerpo, senos grandes, blancos como la leche,
claros pezones erguidos, su cintura algo gruesa, buenas caderas y hermosos
glúteos. Detuvo su mirada unos segundos en el casi amplio y tupido triángulo de
vellos que cubrían su pubis y no dejaban ver sus labios más ocultos. De pronto
sintió algo en su interior que le decía que estaba viva. Giró sobre sus
delicados pies e ingresó rápidamente en el baño. Mirarse en el espejo la había
excitado. Sin embargo, se resistía a reconocer que ella podía sentir emociones y
placeres tan profundos y deliciosos que, creía, sólo los hombres podían tener.
En realidad siempre tuvo una lucha interior para reconocer su sexualidad que
bullía intensamente en su interior y que ella frecuentemente trataba de ignorar.
Esta vez, descubría que cada movimiento, cada pensamiento, cada centímetro de su
piel, de todo su cuerpo, tenía una vida propia y latía en su interior, fluía
como pequeñas y grandes oleadas de sensualidad que avanzaban raudamente hacia
sus pechos concentrándose en sus pezones y también hacia su sexo humedeciendo su
vagina y también un poco en su exterior. Todavía no comprendía bien qué ocurría
en ella que le producía esas contracciones en sus paredes vaginales y esos
latidos en aquel botón en flor que parecía electrizar todo su cuerpo y que se
llama clítoris.
Tenía un fuerte temor que le costó mucho esfuerzo vencer pero logró acariciar
primero sus labios vaginales y luego de separarlos suavemente encontrar ese
punto tan sensible y frotarlo ligera pero repetidamente con cada uno de sus
dedos: había descubierto su clítoris, la llave del placer, la puerta de ingreso
al paraíso, la catedral del orgasmo que, desgraciadamente, ignoraba su marido.
Sí, ahora se daba cuenta que él era diferente a ella, no solamente porque
pensaban de manera distinta sino porque ella podía sentir emociones y placeres
que él no le podía producir. Se sintió muy mal y se dijo que algo tenía que
hacer. Vio que habían pasado más de 15 minutos y abrió el grifo de la ducha y
dejó correr un buen chorro de agua que le brindó excelentes masajes a su
excitado cuerpo ayudándole a relajarse.
Aseó todo su cuerpo, lavó sus cabellos, depiló sus axilas y luego... algo que
siempre quiso pero nunca se atrevió siquiera a imaginar concientemente...,
empezó a rasurar buena parte del vello que poblaba su pubis para mostrar su
hermosa vulva con aquellos labios que nadie, aparte de su marido, había visto y
cogiendo un espejo volvió a examinarse descubriendo aquella parte de su cuerpo
que todos los varones querían de las mujeres, y que ella ahora tímidamente
imaginaba que algún otro hombre podía acariciar, encender y hacerla disfrutar
del amor. Se rasuró primero en la zona superior, luego en los costados con mucho
cuidado, dejó apenas una breve zona de vello y tuvo una nueva sensación de
desnudez pues podía mostrar su sexo en toda su plenitud y belleza. Se lavó, secó
y luego pasó su mano sintiendo la suavidad de sus labios y cómo de ahí empezaba
a fluir electricidad y a encender su cuerpo.
Nada la podía detener y siguió con las caricias íntimas que nunca, nadie, ni
ella misma, antes se había obsequiado, logrando masturbarse intensamente hasta
producirse esas agradables convulsiones por oleadas que se entrecruzaban en el
primer orgasmo verdadero que sentía desde que tenía marido... pero en ausencia
de él, y descubrió que su marido ya no era necesario para hacerla feliz, porque
ella podía serlo por sí misma. Luego de unos minutos, se relajó, recuperó la
respiración que antes se había agitado alocadamente, se vistió con ropa ligera y
cómoda, y salió del baño. Era otra. Fue una mujer la que había ingresado al baño
una hora atrás, y otra, totalmente nueva, la mujer que salía en este momento,
dueña de su propio cuerpo, de su propia intimidad.
En la casa todo seguía en silencio. Fue al dormitorio de su hijo, llamó a la
puerta y al no obtener respuesta, ingresó encontrando a Mario profundamente
dormido. Parada delante de su cama se quedó pensativa. Cuando adulto, ¿sería él
un buen marido? ¿A qué edad descubriría el amor? ¿Haría feliz a alguna mujer?
Aunque tenía 18 años y nunca pasó por su mente estas ideas, de pronto se
aglutinaron en su mente, una tras otra, hincando sus temores. Luego de unos
segundos de indecisión, lo cogió por un hombro moviéndolo apenas a la vez que le
decía "hijo mío, levántate que es tarde".
No obteniendo una respuesta, repitió el llamado y levantó las sábanas e intentó,
sin ocultar su propia risa, de alzar en brazos a su hijo y éste se vio obligado
a sentarse al borde de la cama, reclamando que ese día no había que ir a la
escuela. Cristina insistió logrando que, medio dormido medio despierto, se
levante y vaya caminando zigzagueante al baño para despertarle plenamente con el
agua fría de la ducha. Ayudado por su madre ingresó al baño, mientras ella le
ayudaba a quitarse la polera que llevaba puesta.
De pronto, Cristina se detuvo, su hijo sólo tenía unos bóxer y no se atrevió a
quitárselos. Aunque antes ella siempre le había ayudado a bañarse hasta hacía
unos de años, ahora sintió que estaba invadiendo la privacidad de su hijo a
pesar de saber concientemente que no tenía por qué ser algo incorrecto ayudarle.
No, por una fracción de segundo se dio cuenta que se había detenido porque le
había dado curiosidad el ver cuánto habría crecido su hijo, saber si ya se
estaba convirtiendo en un hombrecito y rápidamente, sus prejuicios y su mente la
habían autocensurado. A la vez, esa sensación de que estaría haciendo algo malo
le producía un interés mayor por ver la desnudez de su hijo y estaba paralizada
por el dilema de controlarse y actuar decentemente o liberarse y satisfacer esa
curiosidad carnal de descubrir cómo había cambiado el cuerpo de su hijo.
Insistió diciéndole a Mario que se despertara bien y que entre a la ducha pero
él estaba tan somnoliento que Cristina se vio forzada a inclinarse un poco y
coger el elástico de la cintura de los bóxer y bajarlos. Al principio volvió su
cabeza para no ver pero a medida que lentamente le bajaba los bóxer a Mario
sintió con gran fuerza la tentación de mirar y satisfacer su curiosidad. No, no
podía estar teniendo esas sensaciones, esos deseo inadecuados en una madre.
De pronto, puso en su mente la excusa de "no haré nada malo si sólo miro" y
volvió su vista para descubrir que, efectivamente, Mario ya no era aquel niño
que ella ayudaba a bañarse dos años atrás. Su sexo, su pene, había ganado en
grosor, el glande se asomaba de la piel en la punta y los vellos crecían en su
pubis. La imagen quedó grabada en la mente de Cristina. Abrió el grifo y dejó
correr el agua fría que rápidamente despertó totalmente a su hijo y ella salió
del baño, dejando a Mario en su privacidad. Estaba algo atolondrada, no podía
pensar con claridad. No sabía cómo organizar en su mente todo lo ocurrido. ¡Al
diablo! se dijo, no es lo mismo pensar y ver que hacer o coger, seguro son
solamente mis prejuicios, y trató de olvidar lo sucedido.
No había dado dos pasos fuera del baño cuando en su mente apareció la curiosidad
por saber si su hijo ya tenía conciencia de su cuerpo, si su pene tenía
erecciones o si se masturbaba. De pronto se dijo que en realidad ella no conocía
nada de su hijo. Siempre había tratado de ser una buena madre y estar muy cerca
emocionalmente de su hijo. No sólo prepararle sus alimentos o asegurarle ropa
limpia y esas cosas. También se había preocupado por si tenía alguna necesidad,
algún temor o alguna duda pero ahora había abierto los ojos y descubierto que no
sabía nada de lo que su hijo pensaba, hacía o sentía cuando ella no estaba
delante de él.
Tenía que ganarse su confianza para que él mismo pudiera decirle qué pensaba,
qué sentía o qué dudas tenía ahora que era adolescente y cuando la sexualidad es
algo tan importante. Si ella lo había visto desnudo ahora, si había visto con
toda libertad su floreciente sexo, ¿por qué no podía conocer más de su hijo?
Estas reflexiones la dejaron más tranquila, sí, se trataba de que ella no quería
que su hijo fuera como su marido y que hiciera infeliz a una mujer como su
madre. Y ella iba a ayudar a su hijo, sí, porque una madre también tenía el
deber de asegurar la felicidad de su hijo, incluso la de su propia vida sexual.
Ahora, Cristina se sintió bien, reconfortada y con una nueva obligación como
madre... hasta que se percató que su hijo le llamaba desde la cocina preguntando
por el desayuno. Ella sonrió en su interior y dijo, "allá voy cariño".
Cristina se abocó a las tareas domésticas tratando de olvidar sus pensamientos y
temores. José, su marido y Mario, su hijo, pronto estaban listos para salir.
Como siempre ocurría, ellos volverían luego de unas horas esperando que la
responsable madre y esposa les tuviera listo el almuerzo. No era de otra manera.
¿Qué otra cosa se podría esperar de ella? Cristina volvió a ser conciente de su
situación y, nuevamente, se dio perfecta cuenta que debía cambiar la situación.
Tenía que independizarse de las cadenas que la ataban a su marido y demostrarle
a su hijo que una madre no sólo le lavaba la ropa y preparaba la comida. Preparó
rápidamente una comida fría y la guardó en la nevera.
Fue a su habitación y, antes de ingresar, se percató otra vez del amplio espejo
y se detuvo a mirarse. Algo le atraía fuertemente en el espejo, como si hubiera
tomado vida propia, como si el espejo fuera ella misma que algo le quería decir.
Miró su rostro, era conciente de su belleza y se consideraba una mujer bonita
aunque su apreciación era objetiva y sabía que en un concurso de belleza ella no
ocuparía los primeros lugares. No era una jovencita de 18 ó 20 años pero su
cuerpo todavía mantenía una buena forma, le agradaba su mirada, el color y
textura de su piel, sus cortos cabellos que hacía poco tiempo había teñido de un
color oscuro. Pensativa empezó nuevamente a desnudarse. Nunca había sentido
tanta satisfacción en desvestirse frente al espejo. Otras veces lo hacía
rápidamente y sin prestar mayor atención. Ahora, se trataba de un acto
totalmente sensual, quería sentir y disfrutar de cada momento, de cada
centímetro de piel que descubría.
Se había quedado en dos piezas, un sujetador grande y fuerte que cubría sus
amplios senos sin dejar traslucir nada aunque sentía que sus pezones estaban
erectos y tratando de liberarse. Su calzón, también de color carne, ocultaba sus
más íntimos tesoros que empezaban a humedecerse y ya no mostraban a los lados,
en el interior de sus muslos, los vellos que antes trataban de salir pues los
había rasurado temprano por la mañana. Llevó sus manos hacia la espalda,
desabrochó el sujetador y lo dejó caer lentamente, liberando sus palpitantes
pechos y los hinchados pezones que acarició y pellizcó suavemente con ambas
manos a la vez. Igual hizo quitándose el calzón que ya estaba humedecido en la
entrepierna, lo miró detenidamente preguntándose cómo podía haberlos mojado
tanto y tan rápido, olió aspirando fuertemente y sintió el intenso aroma de
mujer, de hembra excitada y empezó a sentir el despertar de sus pechos, de su
vagina, de su clítoris, en fin, de todo su cuerpo y dejó salir a la mujer que ya
empezaba a ser.
Así desnuda ingresó a su habitación y se acostó de espaldas iniciando un
cuidadoso recorrido por todo su cuerpo. Se preguntaba internamente si otras
mujeres conocían su cuerpo y su sexualidad así tan profundamente como ella
estaba empezando a conocer. ¿Otras mujeres se acariciaban igual? ¿Con cuánta
frecuencia se masturbaban? ¿Tenían curiosidad por el cuerpo de sus hijos? ¿Se
sentían mal por pensar en el sexo, por querer disfrutar como otras personas?
Continuó acariciándose lentamente cada zona que podía despertar, su cuello, sus
hombros, sus axilas, sus pechos, sus pezones, su cintura, sus caderas, su
vientre, sus labios vaginales, su clítoris, sus nalgas, su ano, sus muslos, sus
piernas y sus pies, bajando y subiendo todo este recorrido tantas veces como
quiso, hasta dedicar una mano a sus pechos y otra a su clítoris con furia y amor
a la vez hasta liberar su fuerza interior, y soltar la tensión acumulada en esos
momentos, desencadenando intensas convulsiones que recorrieron todo su cuerpo
por varios minutos sin que nada lo pudiera detener. En esos momentos, por su
mente pasaron miles de imágenes, que nunca antes hubiera sospechado guardaba en
su interior y en ninguna de ellas se encontraba su marido, el siempre ausente
José, pero sí tenían lugar especial sus amigos, algunos compañeros de trabajo y
hasta Mario, su hijo.
Poco a poco fue retomando la calma, sintiéndose muy relajada, cansada y
satisfecha, hasta quedarse dormida. Cuando despertó, reparó que estaba desnuda,
la puerta se había quedado abierta, José y Mario estaban en casa, creyó que
acababan de llegar y el ruido de ellos le había despertado, sintió que su hijo
ingresaba al baño. ¿Le habría visto desnuda sobre la cama? Sintió temor, un
fuerte temor y a la vez que intentaba cubrirse con las manos, se levantó muy
rápido y cogió una bata.
No es fácil tomar decisiones cuando se tienen dudas y temores. Muy despacio se
acercó al baño, puso su oreja pegada a la puerta para escuchar. Primero sólo
sintió silencio. Luego de unos momentos descubrió unos susurros donde apenas
reconoció la voz de Mario y unos jadeos. Se sorprendió creyendo que se
encontraba enfermo pero luego reaccionó y solamente pudo imaginar una cosa, sí,
no había lugar a dudas, su hijo se estaba masturbando. Rápidamente vino a su
mente los recuerdos de la mañana cuando intentaba que Mario ingresara a la
ducha. La imagen de su hijo desnudo volvió con fuerza a su mente y ahora
Cristina temblorosa trataba de combinar los gemidos y jadeos que escuchaba con
el recuerdo de la desnudez de su hijo, y se sintió excitada, tremendamente
excitada, sin poder controlar la humedad que surgía entre sus piernas ni los
latidos de su clítoris.
Sabía que su hijo ya se había convertido en un hombre que estaba liberando sus
urgencias sexuales y que, seguramente, no tenía una mujer con quien disfrutar su
naciente sexualidad. Curiosa situación, ella no tenía un hombre que le
satisfaciera haciéndole el amor y su hijo todavía no conocía una mujer en toda
su carnalidad y tenía que consolarse por su propia mano. De pronto, escuchó un
gemido más fuerte y prolongado. Sabía que eso significaba que su hijo estaba
eyaculando, que de su adolescente pene estaba brotando aquel licor de su
naciente hombría. Nuevamente, volvió ella en sí y se dijo que tenía que hacer
algo para ayudar a su hijo. No sabía cómo, pero ya encontraría la manera de
hacerlo.
Aunque ella no lo fuera, su hijo sí tenía que ser feliz y disfrutar de todos los
tesoros de la sexualidad.
Toda la tarde la pasó tratando de distraerse viendo algo en la televisión sin
lograrlo. Sólo quería que llegara la noche para dormirse y descansar. Como todos
los sábados, su marido se reuniría con sus amigos, seguramente para hablar de
mujeres y vanagloriarse de sus conquistas y falsos triunfos, cada cual
sintiéndose más hombre que el otro. José volvería a casa muy de madrugada o al
amanecer, algo bebido caminando titubeante para acostarse a dormir y no
despertar hasta la tarde del domingo. Cristina pensaba que, siquiera por unas
cuantas horas, estaría sola, libre de un extraño, sí eso era lo que sentía
respecto de su marido. Intentaba concentrarse en la película que se mostraba en
la pantalla pero no lo conseguía.
Hoy había sido un día diferente, muy diferente a todos los anteriores en su
vida. Estaba bastante cómoda en el sillón y buscaba de relajarse, se hallaba
descalza disfrutando de esa sensación de libertad y agrado al rozar suavemente
la alfombra con sus pies. Primero con uno y luego con otro como dibujando
semicírculos pequeños y grandes. Llevaba una falda corta a mitad de muslo y, al
separar y juntar sus piernas, sentía también la frescura del aire entre sus
piernas. De un momento a otro se percató que Mario, su hijo la observaba con
disimulo desde el sillón del frente, pero no tenía sus ojos puestos en ella sino
en sus muslos y auscultaba su interior cada vez que ella separaba juguetonamente
las piernas. Una nueva sensación llegó primero a su mente y luego a su cuerpo.
Era admirada por su propio hijo.
Sentía, por primera vez, que ella era un objeto sexual para su hijo, sí, se
estaba exhibiendo espontáneamente ante Mario y le permitía observar su
entrepierna, su calzón y, ahora recordaba, ya no podía ver los vellos que antes
acostumbraban sobresalir por los costados de su calzón entre las piernas.
Descubrió que, sin querer, estaba coqueteando con su hijo, y sin habérselo
propuesto, lo estaba excitando, pues ella también lo observaba con disimulo para
descubrir aquel bulto entre sus piernas que antes había ignorado y era una
prueba fiel de la tremenda erección que tenía su querido hijo, gracias al cuerpo
de su madre.
No pasaron más que unos pocos minutos y Mario se levantó para dirigirse, qué
duda cabía, al baño y satisfacer su intensa excitación, para masturbarse,
para.... "correrse la paja", sí esa era la expresión que usaban los hombres, los
adolescentes para referirse a esta forma de placer solitario. Cristina sintió
alegría y también excitación. Esperó unos minutos y ella también se levantó, fue
hacia el baño, llamó a la puerta y preguntó "¿te sientes bien , querido?" para
escuchar la respuesta temblorosa de su hijo "sí mamá, ¿por qué no lo iba a
estar?". Ella no supo qué decir.
Más tarde, por la noche, cuando José ya había salido, estaban viendo la
televisión en silencio, Cristina se levantó diciendo que iba a ponerse cómoda de
ropa y luego ir a dormir. Caminó lentamente sabiéndose observada por Mario y
empezó a sentir un calor intenso por su cuerpo. Imaginó que su hijo miraba su
trasero y el balanceo de sus nalgas al caminar. ¿Por qué les atrae tanto a los
hombres el trasero de las mujeres? se preguntó. Y a medida que subía por las
escaleras, su hijo quedaba justo debajo de ella, imaginó cómo estaría
observándola debajo de su falda y trató de subir muy lentamente, prolongando
aquellos segundos de voyeurismo adolescente y de exhibicionismo maternal.
Antes de ingresar a su habitación se miró nuevamente al espejo, cuán diferente
era vestida y desnuda, tranquila y excitada, oscura y transparente en toda su
sexualidad que recién ahora empezaba a descubrir y disfrutar. Como el espejo
estaba al extremo del pasillo, su hijo no la podía ver ahora, así que empezó a
desnudarse, primero la falda y luego la blusa, seguida por el sujetador y
finalmente su breve tanga. No le preocupó dejar tirada su ropa en el suelo, tal
vez fuera una señal para Mario.
Ingresó al baño y se sentó al inodoro para orinar. Por alguna extraña razón que
todavía no entendía, cada movimiento, cada acto suyo podía tener una sensación
diferente y nueva, alguna relación con su sexualidad, y el orinar empezó a
convertirse en una oportunidad de placer, dejó correr lentamente el pequeño
chorro de orina, como una lluvia dorada que le gustó disfrutar. Abrió el grifo
de la ducha, combinó fría y caliente y se introdujo para recibir miles de gotas
que volvían a masajear cada milímetro de su piel. Cuidadosamente fue jabonando
cada parte de su cuerpo y excitándose con mayor habilidad y rapidez. No había
llegado a su clítoris cuando le sorprendió un vendaval de convulsiones y
placeres en un orgasmo cada vez mayor. Se cogió con ambas manos para no perder
el equilibrio y mentalmente se prometió repetir ese orgasmo regalándose caricias
en sus labios vaginales y en su clítoris cuando estuviera acostada, sola, en su
cama.
Terminó de recuperar su aliento, se enjuagó bien y cerró el agua. Se sorprendió
al no encontrar toalla alguna, iba a salir pero no quería mojar el piso. Tomó
valor y llamó a su hijo pidiéndole que le alcance una toalla. A los pocos
segundos Mario llamó a la puerta y Cristina le dijo que estaba abierta. Luego,
la puerta se abrió unos pocos centímetros y Cristina dijo, con la voz más
calmada que pudo simular, "discúlpame pero olvidé traer toallas, pasa hijo".
Mario se sorprendió al ver, por primera vez, a su madre desnuda sin escuchar que
ella le decía que eso era natural y no tenía nada de malo. Mario no dejó de
mirar a su madre, sus pechos, su sexo, de arriba a abajo y de abajo hacia arriba
en los dos o tres segundos que le tomó entrar al baño y extender su mano con la
toalla. Cristina se cubrió y se dio vuelta, mostrando sus desnudas nalgas para
que su hijo tuviera una visión completa.
Nuevamente se sentía satisfecha porque le había dado la oportunidad a su hijo de
conocer nuevas emociones, porque había visto una mujer desnuda por primera vez y
porque ella se dio cuenta sin duda alguna, que había empezado también a
disfrutar exhibiendo su desnudez. Una sonrisa de placer se dibujó en su rostro
cuando Mario ya había abandonado el baño, seguramente para dirigirse a su
habitación y correr a masturbarse por tercera vez aquel día.
Tranquila, Cristina se dirigió a su habitación, ya sin cuidado de ser vista
desnuda y así se acostó en su cama, dejando la puerta semiabierta y luz de una
pequeña lámpara encendida.
Trató de dormirse pero no pudo, lo único que podía era revivir en su mente, todo
lo que había ocurrido ese día.
Autor: Elclitse