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VERTIGO
Mi vida desde que le conocí ha cambiado
mucho y aún no puedo entender como ha sucedido, y como me he convertido en
una mujer infiel.
Le conocí casualmente, yo volvía de la compra cargada de bolsas y al llegar
frente a mi portal, tropecé con él, de modo que algunas de las bolsas que
llevaba cayeron al suelo. Muy amablemente, él me ayudó a recogerlas y al
mirarnos a la cara, me quedé embobada. Era el hombre más atractivo que jamás
hubiera visto, y, además, tenía algo en la cara, no sé... una especie de
malicia o picardía que le hacía aún más atractivo.
- ¿Vives cerca? – Me preguntó cuando ya tuvimos todo recogido.
- Sí, justo en ese portal – le indiqué.
- Entonces te ayudo a subirlas.
- No hace falta – traté de excusarme – puedo yo sola.
- No, es mejor que te ayude o volverás a tropezar y no estaría bien que una mujer tan preciosa como tú se hiciera daño.
- No, de verdad, no hace falta. Total estoy a dos pasos.
- Aunque sea sólo hasta el ascensor – insistió él.
- Esta bien – acepté finalmente dirigiéndome hacía mi portal.
Al intentar ayudarla a recoger las bolsas su mano rozó ligeramente la mía y noté en el brillo de sus ojos ese algo especial, que denotaba que era una hembra sedienta, el brillo de unos ojos de deseo. Cuanto tiempo me había costado dar con esta mujer, lo cierto es que me gusta tomarme mi tiempo escogiendo a una chica hermosa. Para mí es todo un reto conquistarlas, pero con dos condicionantes primordiales: Que sea preciosa, como es ella y que esté casada, eso le añade una dificultad más, vamos, todo un handicap. Desde ese día en que la vi en el gimnasio, sabía que esa mujer iba a ser mía, me iba a costar más o menos, pero lo sabía. Puede sonar pedante, pero es una cuestión de orgullo y placer personal, no lo puedo remediar y hasta que no lo consigo no paro. Accedí a su ficha en el club. Me costó unos cuantos euros la información. Pero por fin la tenía ahí, delante, sola, para mí.
Se mostró reacia a que un desconocido como yo le ayudara, aunque fuera tan solo hasta el ascensor, incluso me enseñó su anillo de casada varias veces, a modo de mensaje: "terreno minado, peligro". Pero esa mujer tenía todas las papeletas para dejarse llevar, para caer en el juego que ella misma estaba buscando. Estaba todo reflejado en unos ojos que decían que no era poseedora de todo lo que quería, que hacía mucho que no tenía una noche loca de las de verdad.